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El Estado corruptor

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El Estado corruptor

30 de agosto de 2019 - Fotos de archivo del licenciado Víctor García San Inocencio, columnista de NotiCel.

El Estado corruptor no tendrá otra opción que dejar fuera la colonia purgante

La democracia es una aspiración que se corrompe tan pronto creemos haberla alcanzado. Aspiramos a vivir en democracia aún a sabiendas de que la igualdad de todos es un objetivo que se queda trunco por la mezquina avaricia que intoxica a tantos y a causa de las profundas inequidades que lastran el desarrollo de las personas y de las naciones.

A causa de esta evidente fatalidad, encogemos nuestras miras aspiracionales democráticas, a los límites de la mayor vigencia posible de los derechos humanos y del respeto a las garantías que puede ofrecer el ordenamiento —político-jurídico— para el mayor número de personas. Tristemente admitimos, por estos defectos estructurales y sistémicos, que no todos podrán sentarse a disfrutar de los frutos del banquete democrático, aunque queremos que sea el mayor número, cada vez más.

El recorrido de la aspiración democrático ha sido uno muy accidentado o malogrado desde el comienzo mismo. Nada empieza siendo democrático, los procesos, las visiones y las actitudes evolucionan y tropiezan frente a la distribución desigual de poder y riqueza que se encuentran a mitad del camino. Hablar o pregonar sobre democracia sin tomar en cuenta estas y muchas otras complejidades es un ejercicio trivial, que es mayormente manipulador. Sólo el diálogo honesto, sincero, nivelado y abierto entre los afectados puede dar vida, si la animosidad no lo sepulta, al germen de la aspiración democrática que esté siempre en construcción.

En Puerto Rico, la llamada democracia es un artículo decorativo al cual sólo puede aspirarse debido a una carencia fundamental: Los puertorriqueños no nos mandamos a nosotros mismos. Varias aplanadoras como son el Congreso de EEUU, la Junta de Supervisión Fiscal, el régimen colonial, la estructura de dependencia sicológica y económica y la hipoteca permanente de los grandes intereses económicos que han condenado al subdesarrollo del país, sumada a la corrupción gubernamental, aplastan al país y estrangulan las posibilidades de desarrollo político y económico. La comunidad política llamada Puerto Rico, deformada por el peso brutal centenario de estas aplanadoras, subsiste milagrosamente, pues debió sucumbir hace muchísimo tiempo, convertida en un Saint Thomas o en un simple “County”.

Ser una nación, tener una identidad y cultura que se erigen como plataforma de resistencia, defensa y desarrollo es un tesoro que ni ciento veintiséis años de intentos de asimilación y americanización han podido extirpar. NI el entreguismo-gula de algunos, ni la pasión por el crimen colonial de otros, han podido fulminar el fenómeno histórico ni la fuerza de la nacionalidad puertorriqueña. Quizás por ello, resulte a algunos antipático el desarrollo de artistas mundiales como Bad Bunny, que se afirman en la cultura y nación puertorriqueñá.

Violentada y subyugada, dispersada, tantas veces dividida —más bien triturada— la nación nuestra se profundiza en el tiempo y se agranda en el imperturbable afecto de sus hijos e hijas. Ni el Estado corruptor estadounidense, ni sus alcahuetes imitadores aquí, han podido con nosotros. Heridos, pero sanando continuamente, seguimos.

El Estado Corruptor le ha tirado con todo a la nación puertorriqueña. Si bien es verdad que el desprecio es uno de sus instrumentos, la raíz de éste es más bien racial, o parte del intento de rebajar a la víctima del colonialismo, revictimizándola tratándola como su inferior. El colonizador, el abusador, opresor, o el “bully”, han intentado siempre justificar su conducta a base de tildar de inferiores a los pueblos a los que invaden, liquidan o aplastan.

Por ello, es una degeneración de la peor especie, enamorarse del colonizador al punto de querer ser su otra mitad. No hay fondos federales en el mundo — cuidado, que podría auto realizarse ese hecho— que puedan motivar semejante aberración. Hasta el colonizador mismo encuentra razones adicionales para despreciar al colonizado en la torcedura de espíritu que le hace arrastrarse o venderse por las treinta monedas de Judas.

De donde surge que ese desprecio imposibilita la anexión y la unión permanente entre la potencia interventora-colonizadora y la nación intervenida-colonizada. Durante décadas se dará continuidad a la explotación haciendo pequeños ajustes y acomodos en la sumisión, pero eventualmente otros eventos externos a la colonia empujan hacia la ruptura, o a otro tipo de relación en la cual el colonizador busca siempre su ventaja.

En el caso de Puerto Rico, parece estar acabándose el pan de piquito y el guame de los amigos del alma locales que han “gobernado” para beneficio de panas e inversionistas políticos. El colonialismo en Puerto Rico tiene la peculiaridad de que a los puertorriqueños se nos impuso la ciudadanía de los EEUU hace 108 años. Ello significa que mientras la metrópolis intenta erigir muros que la separen de a quienes considera “inferiores”, los latinoamericanos, se infiltren legalmente en su cuerpo político millones de puertorriqueños que determinan el resultado de elecciones locales y estatales, eligiendo legisladores al Congreso. Ese producto indeseado crece a medida que las diásporas boricuas se organizan mejor. Con el peligro para la unidad que cree ser EEUU de que una realidad paralela fragmentaria siga creciendo al interior de su cuerpo político.

Para ellos, estado corruptor por excelencia — todavía más con el régimen colonial acunado por siglo y cuarto— la toxicidad de la relación con la colonia se ha acelerado a medida que se corrompe todavía más la colonia.

El Estado corruptor no tendrá otra opción que dejar fuera la colonia purgante. De ahí, que de seguro, examinan formas de conseguirlo asegurando sus negocios y ganancias y la conclusión de la colonia tradicional. Salida. Los que gobiernan corruptamente la corruptela colonial y se lucran, deberían entender lo que pasa y lo que viene: El Estado Corruptor estadounidense haciendo y deshaciendo a sus anchas acabará con la colonia a las buenas o por las malas.

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