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El momento que tuve que empezar a marcar la casilla de ‘cáncer’

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Usted o algún familiar cercano, ¿padece o ha padecido de alguna de las siguientes enfermedades?

¿Presión alta?

No

¿Enfermedades cardiovasculares?

No.

¿VIH?

No.

¿Cáncer?

No.

Mi abuelo murió de cáncer de próstata. Aparte de él, nadie más en mi familia, materna ni paterna, había sido diagnosticado con esta terrible enfermedad que impacta de alguna manera a prácticamente toda la gente que vive en esta tierra.*Esta crónica fue originalmente publicada en Hoy en las Noticias, noticiario de Radio Universidad de Puerto Rico. La autora es periodista*.

Pero eso cambió el día en el que casi sin querer, solo porque sí, le pregunté a mi papá durante una llamada telefónica ‘what’s up?’. Él pensaba que yo sabía algo, pero en realidad no sabía nada. Y él me habló de mi madre, de unos exámenes, de una masa pequeña, del seno izquierdo, de cáncer… En un minuto pasé de la alegría de la recién casada al espanto de quien escucha ‘tu mamá’ y ‘cáncer’ en una misma oración. La boca entreabierta, como ahogada, sin poder emitir un sonido, una palabra… Solo las lágrimas bajando desesperadamente y sin control por mis cachetes, mojando el teclado de la computadora que tenía en la falda.

Apresuré la conversación, me despedí aguantando el llanto desesperado que al colgar brotó del mismo centro de mi estómago. Me tiré en la cama.

Era domingo en la noche y ese mismo día había regresado a casa de mi luna de miel. Una semana antes me estaba casando. Y ya mi mamá sabía que tenía cáncer. No me lo dijo. Se concentró en asegurarse de que mi boda quedara exactamente como yo la había imaginado: bordó las tres hileras de perlas que le pedí a la cintura de mi traje, hizo el adorno de mi cabello tal y como yo lo quería, recogió los manteles, buscó la bebida para el brindis, alquiló la carpa que faltaba, supervisó que cada mesa, cada silla, cada flor quedara en su lugar… Como siempre, dejó de ser de ella para ser para mí. Y la boda quedó espectacular. Fue el día más feliz de nuestras vidas. Todo el mundo estaba tan contento, incluso ella. Con un diagnóstico de cáncer sobre los hombros, sin contarme nada, ella suspiraba por mi felicidad. Resguardó la pureza de mi ilusión y bailó como nunca antes la había visto bailar.

Pero una semana después de la felicidad regocijante y del bullicio de nuestra boda, me encontraba en soledad, tirada en la cama, sin poderme mover, en nuestro pequeño apartamento, sin poder parar de llorar, una soledad que no duró mucho tiempo, pues mi ahora esposo, que ya se había estrenado en eso de ‘en las alegrías’ y ‘en la salud’, se adentraba en eso otro de ‘las tristezas’ y ‘la enfermedad’. No la mía, la de mi madre, que era como la mía propia.

Por tres días corridos me atacó el llanto.

Cuando visité la casa de mis padres en Caguas, quise hacerme la fuerte. Yo tenía que ser su apoyo, pero el saludo no fue más que un abrazo entre lágrimas en el que sentí que era ella quien me consolaba a mí. ‘Yo voy a estar bien’, me dijo y recrudeció mi llanto. Heredé de ella el terror a las agujas, a los hospitales a los médicos y sabía que decía que estaría bien pero que por dentro se moría de miedo. Y yo también tenía miedo. Y vi a mi padre llorar por primera vez y supe que todo esto estaba pasando, que era verdad. Y tuve más miedo todavía.

Más tarde, también entre sollozos, les conté a mis dos mejores amigas, justo antes de que una partiera a su casa en Hawaii. Ambas habían sido las madrinas de mi boda. Lloraron conmigo con el sentimiento de hermandad más hermoso que jamás había experimentado. Solo tengo hermanos varones, pero ellas son mis hermanas de la vida.

Y así comenzó un viaje de quimioterapias y de malestares, de pérdida de peso, de apetito y de debilidad, de quejas constantes; cosas que yo no era capaz de entender, pero que me dolían y me molestaban; me hacían enfurecer. El pelo se le cayó y yo quise afeitarme la cabeza para ser solidaria, para demostrarle que sí me importaba. Pero no tuve el valor de hacerlo. Como ella, he aprendido a ser vanidosa.

El proceso acabó en unos seis meses. La quimioterapia y la cirugía funcionaron. El cáncer desapareció de su cuerpo.

Si algo he aprendido, es que el cáncer no tiene que ser una sentencia de muerte. A veces lo es, pero cuando no, al final, hace a uno más fuerte. Comoquiera, deja a uno con importantes cantazos que duelen mucho y que no se olvidan.

Cada vez que visito la casa de mis padres en Caguas, noto la cicatriz que quedó sobre el pecho de mi madre, una herida que le hicieron para poder introducir los químicos en su cuerpo. Esa cicatriz me recuerda una lucha ganada, pero es también el recordatorio de una enfermedad hereditaria …

Desde entonces, voy a los médicos y al llenar el formulario sobre el historial familiar, ya no son solo respuestas negativas.

Usted o algún familiar cercano, padece o ha padecido de alguna de las siguientes enfermedades?

Presión alta?

No

Enfermedades cardiovasculares?

No.

VIH?

No.

Cáncer?

Sí.

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