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Zohran Mamdani y el mito del colapso de Nueva York

El miedo a un alcalde socialista o comunista no trata de economía fallida.

Por William Maldonado Nov 10, 2025
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Zohran Mamdani y el mito del colapso de Nueva York

El alcalde electo de Nueva York, el demócrata Zohran Mamdani (c), durante su visita este viernes al Centro Islámico del Caribe en San Juan (Puerto Rico). EFE/Thais Llorca

 ¿Qué es lo que realmente se defiende cuando alguien advierte que el socialismo arruinará la ciudad de Nueva York?

No es la ciudad. No es el trabajador. No es el vendedor ambulante, ni la enfermera, ni el estudiante que intenta pagar la renta con un trabajo de medio tiempo. Lo que se defiende es el viejo orden de permisos y beneficios: la creencia de que la ciudad pertenece a quienes pueden extraer de ella, no a quienes la sostienen. El miedo a un alcalde socialista o comunista no trata de economía fallida. Trata del terror a perder el control sobre quién decide qué cuenta como riqueza, quién puede vivir con dignidad y quién debe vivir con miedo. 

La ciudad de Nueva York siempre ha sido un escenario donde el poder de clase se oculta tras la arquitectura. Cada horizonte urbano es una jerarquía: cada torre un registro de quién pudo comprar el aire. Cuando los críticos advierten que un socialista como Zohran Mamdani llevaría a la ciudad a la bancarrota, no describen un colapso fiscal. Describen el fin del monopolio privado sobre la necesidad pública. Confunden redistribución con confiscación, democracia con desorden, solidaridad con tiranía. Porque lo que llaman libertad es la libertad de privatizar, de cercar, de excluir. 

Comienzan su argumento invocando fantasmas: Venezuela, la Unión Soviética, Allende. Resucitan la Guerra Fría como si fuera una ley moral, como si la simple mención de la planificación central bastara para congelar toda imaginación. Pero ninguna de esas comparaciones tiene sentido. Nueva York no es una nación soberana con su propia moneda ni con su propio embargo comercial. Es una ciudad que opera dentro de un sistema monetario federal. No puede imprimir dólares, ni puede colapsar como un petroestado bajo bloqueo.

Sus verdaderas limitaciones no son ideológicas: son materiales. Los autobuses necesitan combustible, no fe. La vivienda necesita trabajo, no dogma. La política pública fracasa no porque sea socialista, sino porque los recursos son acaparados, repartidos con austeridad y protegidos por el mito de que la escasez es natural. 

Una comprensión más clara de cómo funciona el dinero revela este mito. Nos recuerda que el dinero no es riqueza, sino un lenguaje público de obligación. Estados Unidos, como emisor de su propia moneda, puede financiar lo que decida dentro de los límites de los recursos reales: trabajo, energía, materiales y tiempo. Cuando el gobierno federal retiene fondos de los estados y las ciudades, fabrica crisis. Obliga a los gobiernos locales a actuar como si también tuvieran que ganar dólares en el mercado, en lugar de recibirlos como provisión pública del emisor soberano. Esa restricción artificial se convierte en el terreno fértil de la disciplina neoliberal. No es el socialismo el que destruye las ciudades. Es la austeridad la que las asfixia. 
Los críticos de Mamdani insisten en que los impuestos más altos ahuyentarán la inversión. Pero ¿de qué tipo de inversión hablamos? ¿La especulación que infla los alquileres más allá de lo razonable? ¿La ganancia a corto plazo que vacía los comercios y los reemplaza con mausoleos de vidrio? ¿El tipo de crecimiento que convierte al trabajador en deudor y al vecindario en marca? Si ese es el tipo de inversión que corremos el riesgo de perder, que se vaya. La verdadera inversión es el cultivo de la capacidad pública: transporte que conecte, escuelas que liberen la mente, vivienda que devuelva estabilidad al cuerpo. Cada dólar redirigido hacia esos fines no es una pérdida, sino una recuperación de lo que ya nos pertenece. 

Los críticos de Mamdani repiten otro mito: que la provisión pública genera ineficiencia, que la burocracia aplasta la innovación. Pero la evidencia cuenta otra historia. Las ciudades más habitables del mundo, Viena, Helsinki, Copenhague, están organizadas en torno a la vivienda pública, el transporte universal y el bienestar colectivo. Sus calles están limpias no porque los mercados sean libres, sino porque las personas están seguras.

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