Trump no comprende el llamado a la paz
El presidente de EE.UU., Donald Trump
En momentos de tensión entre el poder político y la autoridad moral, una nación revela no solo sus prioridades, sino también su alma. Las recientes críticas de Donald Trump hacia el llamado del Papa León a la paz, y la imagen posteada en sus redes imitando a Cristo, invitan a esa reflexión, no como un ejercicio partidista, sino moral.
El desacuerdo respetuoso es el alma de la democracia. Pero el respeto debe extenderse no solo a los adversarios políticos, sino también a las voces morales, especialmente a aquellas que hablan más allá de los límites del poder temporal y la ambición personal. El papado ha perdurado durante siglos no porque ejerza poder militar o económico, sino porque apela a algo mucho más profundo: la conciencia.
La voz del papado, ya sea encarnada hoy en el Papa León o en sus predecesores, nunca ha sido política, sino pastoral. Trump debe entender que cuando un Papa clama por la paz, no lo hace como un jefe de Estado que compite en los asuntos terrenales, sino como un pastor que apela a la conciencia de la humanidad. Desestimar o minimizar ese llamado corre el riesgo de malinterpretar el papel que el papado ha desempeñado a lo largo de los siglos.
La historia le ofrece a Trump contrastes que deben ser aleccionadores.
En uno de los momentos más bajos de su presidencia, durante la turbulencia del escándalo de Watergate, el expresidente Richard Nixon no recurrió a la confrontación ni a la evasión, se arrodilló. En un momento histórico bien documentado, pidió a Henry Kissinger que se arrodillara en el suelo y se uniera a él en oración. Independientemente del juicio que se tenga sobre su presidencia, ese acto reveló algo profundo: que incluso “el hombre más poderoso del mundo” reconoce una autoridad superior ante la cual la humildad no es opcional, sino necesaria.
Esa misma humildad ha resonado en las palabras de otros líderes estadounidenses. Ronald Reagan recordó que, “Sin Dios, no hay virtud, porque no hay impulso de la conciencia… sin Dios, la democracia no perdurará ni podrá perdurar.” Reagan comprendía que la fe no es una intrusión en la vida pública, es uno de sus más importantes anclajes morales. Sus palabras no eran un llamado a la teocracia, sino a la reverencia. Reagan sabía, lo que Trump ignora, que la libertad, desvinculada de la fe y la responsabilidad moral, corre el riesgo de perder su rumbo.
De igual forma, George W. Bush, describió el papado como una fuerza en favor de la dignidad y la libertad, llamando al Papa “un campeón de la libertad humana” y “un héroe para los siglos.” En esas palabras reside una verdad perdurable: el papado, lejos de ser un rival político, ha sido con frecuencia un aliado moral en la defensa de la paz, la justicia y el valor de la vida humana.
Criticar a un Papa por exhortar a la paz no es, por tanto, simplemente un desacuerdo de política pública, puede implicar restarle valor a una tradición moral que actualmente guía a 75 millones estadounidenses católicos, lo que mantiene esta fe como la denominación cristiana individual más grande del país.
Trump ha optado por ignorar el papel que ha desempeñado la iglesia Católica en la historia de los Estados Unidos. Desde los primeros días de la república, fundaron escuelas, hospitales y obras de caridad que se convirtieron en pilares de la sociedad civil al igual que contribuyeron a forjar el tejido económico y cultural de la nación, aportando un profundo sentido de comunidad, sacrificio y devoción.
Con su ataque al Papa, el presidente Trump parece menospreciar la fe que practican, JD Vance, Marco Rubio, Robert Kennedy, el director de la CIA John Ratcliffe, y la embajadora de la ONU Elise Stefanik, entre muchos otros. Quizás más relevante aún, la “fe católica guía los pasos” de Melania Trump, como ella misma ha revelado.
Aunque la Constitución estableció la separación entre Iglesia y Estado, no desvinculó a la nación de sus raíces religiosas. Los Padres Fundadores hablaron con frecuencia de la Providencia, de la ley natural y de los deberes morales que sustentan la libertad. La fe, en sus múltiples expresiones, ha servido durante mucho tiempo como brújula, guiando no la maquinaria política del gobierno, sino el carácter de sus líderes.
Es precisamente dentro de esta tradición que debe entenderse el llamado del Papa a la paz, no como una declaración política a ser combatida, sino como un llamado moral a ser considerado. La paz no es un ideal partidista. Es una aspiración universal, arraigada en la dignidad de cada vida humana.
En tiempos de división, las naciones suelen verse tentadas a exaltar la fuerza por encima de la humildad, la certeza por encima de la reflexión. Sin embargo, la historia sugiere lo contrario. Nixon, en su momento de crisis, recurrió a la oración. Reagan habló de la indispensabilidad de Dios para la permanencia de la libertad. Bush honró a un Papa como defensor de la dignidad humana.
Estos no fueron actos de debilidad. Fueron reconocimientos de límites, de la comprensión de que ningún cargo, por poderoso que sea, está por encima de la verdad moral. Es entender que aunque el presidente sea el “hombre más poderoso del mundo”, debe bajar la cabeza y caer de rodillas ante la presencia de Dios.
Y quizás, al escuchar ese llamado con humildad en lugar de hostilidad y crítica, Trump pueda redescubrir lo que otros antes entendieron: que la verdadera medida del poder no reside solo en su autoridad y capacidad de mandar, sino en la disposición de arrodillarse.
El llamado a la paz no es una afrenta al liderazgo de Trump; es una invitación a ejercer liderazgo con prudencia y humildad.
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