Es fácil romantizar la tragedia cuando ninguna de las sillas vacías estará en nuestra mesa. En Honor al Lcdo. Luis “Pasi” Quiñones González.
Opinión de Lcdo. Walter Pérez
Por Lcdo. Walter Pérez, columnista NotiCel
Hay algo profundamente desolador en tener que defender el valor de una vida frente a quienes reducen su muerte a un saldo de cuentas monetarias.
La realidad es que ningún dinero justifica tanta cobardía y tampoco encuentro consuelo en atribuirle a Dios una crueldad que lleva firma humana. Aparte de ello, me avergüenza, el aplauso de algunos que a todas luces revela cuánto nos hemos acostumbrado al dolor, siempre que lo padezcan otros.
Tras las muertes de, mi amigo, el Lcdo. Luis “Pasi” Quiñones González y el Sr. Félix Plaud de Choudens, en las redes sociales algunos dictaron sentencia con una facilidad aterradora.
Bastó la versión de quien se atribuyó los asesinatos para que algunos encontraran culpables, justificaran los crímenes y confundieran la venganza con la justicia. Al parecer, para merecer que se respete la vida, ahora también hay que obtener primero la aprobación de quienes opinan en las redes sociales.
A pesar de lo anterior, la información disponible obliga a revisar esas conclusiones apresuradas plasmadas en las redes sociales.
Según lo publicado sobre una moción del propio William Rivera, del acuerdo judicial de $105,000.00 con el Sr. Plaud de Choudens quedaban pendientes solo $13,500.00. Eso supone que se había satisfecho el 87.14 % de lo acordado.
Sobre ello, existía una sentencia por estipulación y una solicitud para cobrar el balance pendiente de $13,500.00. Existía, por tanto, un cauce judicial que el propio reclamante había encaminado. Merece la pena destacar que ese acuerdo, además, correspondía a un pleito distinto en el que recientemente William Rivera incluyo al Lcdo. Quiñones González en conjunto con el Sr. Plaud de Choudes y otros.
Mezclar ambos procesos sin una explicación lógica solo propende a servir al escándalo, no a su esclarecimiento.
Establecido lo anterior, tengo necesariamente que acreditar que de las demandas presentadas por el propio Sr. William Rivera, las cuales examiné detenidamente, no surgen alegaciones de fraude o estafa, más bien, si surgen alegaciones de negocios fallidos.
Por su parte, según la documentación examinada, en cuanto al pleito más reciente, el Lcdo. Quiñones González y su esposa recibieron los emplazamientos sin dificultad. Surge de los expedientes judiciales que son públicos hasta el lugar en donde le fueron entregados por el emplazador.
Entonces, el proceso estaba en curso y debían respetarse sus términos por parte del Sr. William Rivera, máxime cuando del primer proceso judicial que presento había logrado recuperar prácticamente la totalidad de lo adeudado por Plaud de Choudens.
Ante este escenario, distinto a las conclusiones apresuradas contenidas en las redes sociales, la condena privada que unilateralmente determinó adjudicarse el Sr. William Rivera no tiene justificación.
Por otra parte, este desgarrador suceso exige también echar una mirada a nuestro sistema judicial. En ese sentido, los tribunales tienen que atender las reclamaciones con la premura, diligencia y seriedad que merecen. Puesto que la confianza en la justicia se sostiene en su capacidad de ofrecer respuestas oportunas, hacer cumplir lo resuelto y evitar que quien reclama sienta que su único destino es esperar. Exigir prontitud en los reclamos es legítimo y necesario.
No obstante, ninguna demora, ninguna solicitud pendiente y ninguna inconformidad con una determinación judicial autorizan a tomar la justicia por mano propia.
También exige examinar la irresponsabilidad de quienes han elevado a William Rivera a una especie de héroe, aceptando como verdad suficiente la versión que dejó en unos videos colgados en las redes previo a acabar con su vida.
Dolorosamente, resulta peligroso aceptar una sola versión sin contrastarla con la información disponible, especialmente cuando la palabra de quien se atribuye dos asesinatos basta para condenar a quienes ya no pueden responderle. Y hay algo todavía más grave: convertir esa violencia en una conducta digna de admiración. Ya que, evidentemente, el aplauso público puede ofrecer a otros una justificación para sus propias venganzas.
Apenas unos días después, otra tragedia en Santa Isabel vuelve a estremecernos con dos hombres muertos y una mujer herida, según la información preliminar.
Las circunstancias deberán esclarecerse y no corresponde afirmar que un suceso haya provocado el otro. Pero tampoco podemos eludir la pregunta sobre qué estamos promoviendo cuando celebramos que alguien disponga de la vida ajena y termine con la propia. Quienes presentaron a William como un héroe deberían reconsiderar lo que están respaldando y el efecto de sus palabras. Una cosa es responder por un crimen y otra, que también merece reproche, contribuir a que la sociedad lo encuentre admirable.
Es fácil romantizar la tragedia cuando ninguna de las sillas vacías estará en nuestra mesa. Cuando la madre que tendrá que enterrar a su hijo es otra. Cuando son otros los hijos, la esposa y los familiares que tendrán que seguir viviendo entre las consecuencias de lo que algunos celebran desde las redes sociales.
Luis “Pasi” Quiñones González era mi amigo. Encontrarlo en el tribunal era parte de la rutina: allí estaba, muchas veces junto a su esposa, trabajando, buscando el pan de cada día para su familia.
Voy a extrañar conversar y vacilar con él, su sonrisa inconfundible y esas buenas vibras que uno daba por seguro que volvería a encontrar. Todavía me cuesta creer que ya no esté.
A su madre, la Lcda. Leyda González Degró, a su esposa, la Lcda. Sheila Quiñones González, a sus hijos y a sus demás familiares, les ofrezco mi abrazo. Comparto su dolor desde mi propia indignación y frustración ante una ausencia que nunca debió imponérseles, Pasi merecía seguir viviendo y su familia y amistades merecían seguir teniéndolo.
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