¿Quién dijo que insultar es fiscalizar?
Heriberto N. Saurí. (Archivo/NotiCel)
Después de 44 años de servicio público he aprendido a aceptar la crítica. Cuando uno decide servir al país tiene que estar dispuesto a rendir cuentas, contestar preguntas difíciles, reconocer errores y escuchar a quienes piensan distinto.
Lo que todavía no logro aceptar es que hayamos confundido la fiscalización con el insulto.
“Imbéciles”, “ineptos”, “embusteros”. Funcionarios ridiculizados, interrumpidos o invitados a participar de algún espectáculo para entretener a la audiencia. Esa parece ser, con demasiada frecuencia, la imagen que algunos espacios de análisis proyectan de quienes trabajan en el gobierno de Puerto Rico.
Y entonces me pregunto: ¿así piensa realmente el pueblo?
Porque hay algo que parecemos olvidar: los servidores públicos también somos pueblo.
Detrás de ese concepto abstracto llamado “gobierno” hay miles de seres humanos que se levantan todos los días para trabajar. Hay policías, bomberos, paramédicos, maestros, enfermeras, trabajadores sociales, empleados municipales y estatales, manejadores de emergencias y muchos otros que cumplen con su deber sin cámaras, sin aplausos y sin protagonismo.
Algunos incluso arriesgan su salud y su vida mientras sirven.
¿Hay incompetentes en el gobierno? Claro que sí. ¿Hay funcionarios que mienten, administran mal o no deberían ocupar el puesto que tienen? También.
Que se investiguen. Que se denuncien. Que respondan.
Pero de ahí a convertir a todo servidor público en objeto de burla hay una distancia enorme.
En Puerto Rico hemos desarrollado una peculiar rutina mediática. Desde temprano comenzamos el día escuchando entrevistas, análisis y controversias. Pasan las horas, cambian los programas y aumentan los panelistas. En algunos espacios encontramos análisis serios y personas capaces de cuestionar incluso las premisas del propio moderador.
Pero también llega lo que tantas veces he llamado “la hora del terror”. Todo está mal. Todo es desastre. Todo es escándalo. El gobierno nunca hace nada bien y cada controversia parece confirmar que estamos al borde del precipicio.
Después llegan los monólogos, acompañados en ocasiones por invitados que terminan sirviendo de coro al argumento del conductor. Y mañana repetimos la rutina.
No cuestiono el derecho de nadie a opinar. Lo que cuestiono es la idea de que tener un micrófono convierte automáticamente a una persona en representante del pueblo, experto en todos los temas y dueño de la verdad.
No es así.
Los entrevistadores también se equivocan. Los analistas tienen prejuicios, preferencias y limitaciones, como las tenemos todos. Y conocer las técnicas de comunicación o dominar un micrófono no significa necesariamente conocer la complejidad de administrar un gobierno.
Pero los servidores públicos también debemos mirarnos al espejo. ¿Por qué acudir a un programa cuando sabemos que el objetivo no es conocer los hechos sino provocar el próximo momento viral? ¿Qué gana un funcionario yendo al mediodía a “bailar la cafetera” o permitiendo que se le falte el respeto al aire?
Comparecer ante los medios no significa renunciar a la dignidad. Un funcionario tiene que rendir cuentas. Tiene que responder. Tiene que enfrentar preguntas incómodas. Pero rendir cuentas no significa rendir pleitesía.
Después de 44 años puedo decirlo tranquilamente: no soy un imbécil. No soy un inepto. He cometido errores, como cualquier ser humano, pero nunca necesité bailar la Macarena frente a una cámara para demostrar que estaba accesible al país.
Y sé que miles de servidores públicos podrían decir exactamente lo mismo.
No estoy invitando a nadie a dejar de escuchar la radio ni a desconfiar de los periodistas. Una democracia necesita una prensa fuerte, incómoda e independiente.
Lo que propongo es algo distinto: cuando escuche una noticia, no permita que nadie piense por usted.
Escuche al periodista. Escuche al analista. Escuche al funcionario. Busque los datos. Compare las versiones. Pregúntese qué ocurrió realmente y qué parte es información, qué parte es opinión y qué parte es espectáculo.
Y entonces llegue usted a su propia conclusión.
Quizás descubramos que Puerto Rico no está compuesto exclusivamente por los buenos de un lado y los malos del otro. Somos un país de seres humanos, con aciertos, errores, virtudes y defectos.
Fiscalicemos al gobierno. Exijamos resultados. Denunciemos al que actúe incorrectamente. Pero recuperemos también el respeto.
Porque cuando el insulto sustituye al argumento, perdemos todos.
Y cuando dejamos que otro piense por nosotros, dejamos de ser audiencia informada para convertirnos simplemente en audiencia.
El micrófono puede amplificar una voz. Lo que nunca debe hacer es sustituir nuestro propio criterio.
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