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Hipopótamo en la sala

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El exrepresentante reflexiona sobre el tema del aborto y la legislación sobre ello

A veces se pasa por alto la presencia de un hipopótamo en la sala. Nos dejamos secuestrar las palabras, restándole esencia y valor a lo que nombran, para propiciar hacer y deshacer. Nacimos en la era de las noticias falsas, de las realidades alternas y de la realidad maquillada. Ya no se trata de tener que lidiar con medias verdades, nos toca enfrentar la mentira y media.

Se nos olvida que detrás de todo el revoloteo jurídico de estos días en torno al caso Roe vs. Wade, está el Tribunal Supremo del imperio, las leyes de su Congreso y el peso de sus agencias ejecutivas y de su reglamentación. En medio de la sala está la Ley PROMESA, el caso Vaello y el de Sánchez Valle, y casi un siglo y cuarto de dominio a la brava, mano militar, con tentativas de asimilismo de fuera, y pujos al interior; con crisis de identidad, falsificaciones mayores como la del ELA, represiones a lo bruto, locales y federales; lavadoras gigantes del capital estadounidense, y el exilio de dos terceras partes de la nación puertorriqueña.

Todo esto se nos olvida, mientras nos tragamos tantos anzuelos y tanta porquería; mientras nos pescan la vida por todas las esquinas y nos la quitan. Encadenados en la torre hemos vivido y soñado la pesadilla de no ser libres para hacer un país nuestro, conforme a la voluntad de la mayoría, siempre respetuosa de la minoría, y diseñado para nuestro desarrollo. Puerto Rico es un aborto de la naturaleza. Un nacimiento por tanto tiempo pospuesto, que ya lo han dado muchos por natimuerto. Empero, hay ahí una vida que clama por su alumbramiento para ser y crecer libremente, con una identidad y valores propios enchapados a la antigua durante milenios y moldeados por y para el porvenir.

El hipopótamo en la sala que es invisible para los ciegos y para los cegados convenientemente, no permite apreciar el extraordinario potencial que tenemos, porque aquí demasiada gente ama la comodidad, y porque se ha absorbido una adicción por la falsa seguridad que hiela los huesos y entumece, aturde los sentidos y los anestesia, y hace que muchos sean hojas al viento con neuronas ociosas y corazones congelados.

Hace cincuenta años los bárbaros del norte se inventaron el derecho federal a abortar con condiciones. Lo llamaron eufemísticamente el derecho a decidir, y proclamaron, como parcela absoluta de cada mujer en edad reproductiva y del estado, el control sobre el destino del feto. Ni el emperador romano menos memorable, tuvo nunca semejante aura de legitimidad y poder sobre la vida humana. Sí, porque es vida humana, una vida humana, no un amasijo de células. Muy aptos para negociarlo todo, llegaron los vecinos imperiales del norte a un «compromise» inventado: Crearon de la nada, presumiblemente de las áreas grises del «debido proceso de ley sustantivo» —entre abogados te veas— y acaso, desde la intimidad— un derecho condicionado a abortar, todo ello de manera muy afín con las lógicas del hiperindividualismo, y con las ínfulas de quienes se creen dueños del universo.

La realidad es que las asambleas legislativas pueden crear o ampliar derechos e incluso elevar algunos al rango semi-intocable de una constitución. El hecho es sin embargo, que a la invención a conveniencia del derecho federal a abortar parece estarle llegando el ocaso, y que será el Pueblo de cada jurisdicción estatal —y suponemos que también el del territorio no incorporado de Puerto Rico— quien a través de sus cuerpos legislativos podrían reconocer este derecho que ya no será «federal». Aquí es que la línea pica, pues está electrificada. Los defensores del «derecho a abortar», ¿consideran que éste es un derecho que debiera ser creado, continuado o acaso abolido, por los representantes del Pueblo o por el Pueblo mismo directamente? o, ¿seguirán agarrados de una ilusoria faldeta federal o su vacío, para que el Pueblo nunca decida, ni directa, ni indirectamente sobre el asunto?

No cabe duda que el abandono de la esfera abortista federalizada plantea cuestiones jurídicas importantes, cuyo preciosismo no debería alejarnos del análisis de lo que es medular. ¿Qué significa la vida humana para cada uno de nosotros? ¿Tiene esa realidad y el derecho de la vida humana el mismo rango que la facultad de elegir dar, o no, a luz a un ser humano?

Durante el pasado medio siglo de vigencia del caso Roe al cual parece estarse acabando la cuerda, millones, quizás decenas de millones de vidas humanas fueron tronchadas mediante herramientas químicas, succión o extracción yendo a parar a alguna macabra licuadora, a plantas de tratamiento de aguas o a vertederos de material médico especializados. Una fracción de esas «terminaciones de embarazo» ocurrieron en Puerto Rico. Sé que duelen a todos y muy probablemente con una fuerza mayor a muchas de las mujeres que abortaron.

Bajo el palio jurídico del Herodes moderno los primeros des-hijos y des-hijas del caso Roe vs. Wade, tendrían hoy 48 ó 49 años de edad.Nunca sabremos de qué y de quiénes privamos al mundo. Durante este casi medio siglo, la valoración por otras formas de vida se ha acrecentado. Así, protegemos a las especies en peligro de extinción, criamos y atendemos mascotas y velamos por su vida, protegemos el planeta y sus ecosistemas. Ese apego por la vida resalta, pero palidece ante la indiferencia o hasta el desdén discursivo, por la terminación del feto, que es una vida humana en el vientre de una madre por ser.

Ruego a Dios padre, que el diálogo pospuesto en esta etapa durante medio siglo, pueda darse de manera solidaria y amorosa. Que puedan proveerse también las garantías de una vida digna en un mundo digno para quienes nazcan, y que quienes negamos que «el feto» sea una cosa, y afirmamos su vida y su dignidad, apoyemos al mejoramiento de la integridad, la salud y la vida digna de quienes nacerán. Ruego también para que no se avestrucen, ni escondan los funcionarios electos quienes tienen la obligación de actuar y que no dejen caer un limbo macabro este problema vital. Nuestra patria nos necesita a todos y a todas.

Mientras tanto, hay un hipopótamo en la sala. Hay que hacer, actuar y obrar.

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