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La desigualdad y el crecimiento económico

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Hablar sobre la desigualdad se ha puesto de moda. Este concepto, que ha sido objeto de análisis por lo menos desde finales del siglo 18, ha cobrado importancia recientemente en el contexto de la crisis financiera de 2008 y sus consecuencias.

Si examinamos la desigualdad a través del lente de la teoría económica clásica, esbozada por David Ricardo y otros, la desigualdad es necesaria para el crecimiento económico. Personas con altos ingresos tienden a ahorrar más, lo cual estimula la acumulación de capital y el crecimiento económico. Por otro lado, si la estudiamos desde la perspectiva neo-clásica, favorecida por Stuart Mill y otros, la desigualdad no es importante para entender el proceso de crecimiento económico ya que ‘la distribución de la riqueza depende de las leyes y costumbres de la sociedad y no de la economía’.

La perspectiva ortodoxa, desarrollada por Simón Kuznets, establece que la desigualdad fluctúa de forma predecible según se desarrolla una sociedad. Sociedades extremadamente pobres tienen poca desigualdad debido a que casi toda la población vive al nivel de subsistencia.

Por otro lado, las sociedades en proceso de industrialización tienen más desigualdad por dos razones: (1) los ingresos en la manufactura son más altos que en la agricultura, y (2) la diferenciación (segmentación) entre obreros industriales genera diferencias salariales.

Finalmente, las sociedades post-industriales reflejan menos desigualdad debido a políticas redistributivas y mejor acceso a la educación.

Kuznets propone que la desigualdad a través del tiempo se refleja en una curva en forma de ‘U’ invertida (). Según su hipótesis, la desigualdad tiene que aumentar antes de que se pueda reducir. Sin embargo, más de 50 años de investigación económica han generado evidencia mixta sobre la validez de esta hipótesis. El fenómeno de la curva de ‘U’ invertida se observa sólo en algunos países durante algunos periodos de tiempo. De hecho, la desigualdad ha aumentado recientemente en los países desarrollados.

El consenso contemporáneo entre los economistas parece ser que la desigualdad no es necesariamente buena para el crecimiento económico y se ha generado evidencia relativamente robusta que favorece la conclusión opuesta.

Para Branko Milanovic, economista del Banco Mundial, debemos pensar sobre la desigualdad como el colesterol. Hay una desigualdad ‘buena’ que es necesaria para crear los incentivos para que la gente estudie, trabaje y tome riesgos. Pero también hay una desigualdad ‘mala’: después de cierto nivel (difícil de definir empíricamente) la desigualdad sirve para preservar el status-quo, y limita el cambio político, el acceso a la educación y la movilidad social.

De acuerdo con Joseph Stiglitz, entre otros economistas, las diferencias extremas en la distribución del ingreso y la riqueza afectan el crecimiento económico a través de diversos vectores. El primero, y tal vez el más obvio, es el acceso desigual a una educación de calidad. En los países con altos niveles de desigualdad las personas con bajos ingresos no tienen la oportunidad de desarrollar sus talentos a plenitud, ni el acceso a las redes sociales que los ayuden a navegar el mercado laboral. Esto reduce la inversión en capital humano, y por ende, se limita el crecimiento económico.

Otro vector opera a través del impacto de la desigualdad sobre la demanda agregada. En las sociedades orientadas al consumo, como Puerto Rico, un nivel alto de desigualdad reduce el poder adquisitivo de la clase media, disminuyendo así la demanda agregada y por tanto el crecimiento económico. Más aún, para mantener su nivel de consumo, la clase media recurre al endeudamiento excesivo reduciendo el capital disponible para el ahorro y la inversión.

Al otro extremo de la distribución de ingresos, cuando la desigualdad llega a niveles excesivos, las personas con ingresos altos dedican una porción mayor de su ingreso a la especulación, en vez de a la inversión productiva, lo que genera un aumento irracional en los precios de los activos objeto de la especulación. De más esta decir que estas burbujas siempre terminan en pérdidas catastróficas que en muchos casos tienen que ser sufragadas por el Gobierno.

La desigualdad también afecta adversamente la duración de los periodos de crecimiento. Un estudio reciente por dos economistas del Fondo Monetario Internacional demostró que los periodos de crecimiento prolongado están asociados con más igualdad en la distribución de ingresos. En términos generales, una reducción de 10% en el coeficiente Gini, aumenta la duración de los periodos de crecimiento en un 50%. Por ejemplo, si la desigualdad en la distribución de ingresos entre América Latina y Asia se redujera por la mitad, la duración de los periodos de crecimiento en América Latina se duplicaría.

Además de los efectos directos, la desigualdad afecta indirectamente el crecimiento económico a través de su impacto adverso sobre otras variables importantes, tales como los niveles de confianza social, la criminalidad, la movilidad social, la incidencia de enfermedades mentales, la expectativa de vida, la mortalidad infantil, la obesidad, la incidencia de embarazos entre adolescentes y el desempeño educativo de los niños.

Finalmente, en términos políticos, los países con altos niveles de desigualdad por lo general sufren mayor inestabilidad política, lo que reduce los incentivos para invertir. En estos países también existe una profunda desconfianza de las instituciones gubernamentales ya que se perciben como subordinadas a los intereses de la clase dominante.

En Puerto Rico, donde el 20% más rico de la población recibe 55% del ingreso, la desigualdad ha alcanzado niveles que afectan adversamente el crecimiento económico y ponen en peligro la estabilidad social. Resulta imperativo implementar programas para reducir la desigualdad. Entre otros, podemos mencionar mejorar el acceso a la educación y a los servicios de salud; subsidios y transferencias para incentivar el trabajo en la economía formal; y enmiendas a la constitución, leyes, y reglamentos que ayudan a cimentar la desigualdad social.

Empero, si ignoramos la desigualdad social y sus consecuencias, podemos esperar una continuación del estancamiento económico, la agudización de la descomposición social y un futuro inseguro, oscuro y esencialmente distópico para nuestros hijos.

*El autor es director de Política Pública en el Centro para una Nueva Economía. Tomado del blog del CNE.

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