La historia de Andreas Lubitz, copiloto modelico formado en la Lufthansa, amigo de sus amigos, joven de exito que vivía con sus padres en un pueblecito renano, concluye con ocho minutos de silencio, un descenso controlado de mil metros por minuto a los mandos de un avión, en una cabina en que, según el fiscal frances, no se oye una sola palabra, un golpe, un jadeo, un cambio en el ritmo respiratorio. Al otro lado, golpeando la puerta, el comandante que había salido a orinar y que se la encontró bloqueada por dentro.
En esos ocho enigmáticos minutos reside el vacío, el agujero negro del relato, las hipótesis sobre un atentado, una enfermedad mental o la simple voluntad de hacer el mal. Lubitz se estrelló en los Alpes con un cortejo fúnebre digno de Gengis Khan, arrastrando en su muerte entre montañas a casi ciento cincuenta personas.
La catástrofe de los Alpes vuelve a demostrar que el elemento humano casi siempre es, por mucho que nos pese, el responsable último en los accidentes aeronáuticos. La teoría del caos afirma que un sistema, por el mero hecho de existir, tiene que fallar.
Sin embargo, por complejo que sea un aeroplano (con la maravilla tecnológica de sus motores, su tren de aterrizaje, sus mandos, conductos, indicadores y tornillos), un ser humano lo es mucho más, infinitamente. Buscar motivaciones personales de la tragedia a posteriori (desde posibles simpatías yihadistas de Lubitz hasta una depresión o un rapto de locura), resulta un ejercicio insoslayable pero inútil al fin y al cabo.
De haber sido un atentado yihadista, qué le impedía a Lubitz gritar su propósito a la torre de control, ponerse a rezar a Alá cuando ya nadie podía detenerlo? Si quería causar terror, hacer más daño, por qué no estrellar el aparato contra una ciudad o una pequeña aldea en lugar de pulverizarlo en un desfiladero de montaña?
No hay caja negra de la cabeza de Lubitz y no sabemos qué pensamientos, qué luces, qué sombras cruzaron por ella en esos ocho agónicos minutos en que el avión iba perdiendo altura rumbo a su tumba. No hay lubitziológos y nunca los habrá, aunque los tertulianos de sillón ya tendrán su confortable explicación de psicología casera, del mismo modo que el miércoles hicieron un cursillo acelerado de ingeniería aeronáutica. No, la catástrofe se produjo con facilidad pasmosa por un solo y único motivo: un pestillo que no podía abrirse desde el exterior.
Lubitz no tuvo más que cerrar la puerta y asegurarla desde dentro para convertirse en dueño y señor del aparato y de todas las vidas que iban a bordo. Un simple mecanismo de control, el bloqueo de la cabina para evitar accidentes terroristas, provocó la tragedia. Quién iba a suponerlo? Bueno, hay multitud de voces que llevan años advirtiendo que la paranoia provocada por el los atentados terroristas del 11-S puede ser tanto o más peligrosa que los propios atentados terroristas. Al parecer, detrás del negocio del miedo, de los detectores de metal, las instrucciones de vuelo y los protocolos de seguridad, sólo había un pestillo.
*Originalmente de Publico.es.
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