Economy

Las confesiones de un expresidente de la Junta de Control Fiscal

El profesor David Skeel revela interioridades del desarrollo del ente fiscal, y de los políticos locales con los que interactuó durante casi ocho años.

Por Oscar J. Serrano Aug 4, 2026
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Las confesiones de un expresidente de la Junta de Control Fiscal

Dos años después de renunciar a la Junta de Control Fiscal (JCF), el profesor de quiebras David Skeel presenta el primer relato público de las interioridades de ese organismo, desde la creación de la Ley PROMESA en 2016 hasta la reestructuración de la deuda del gobierno central y la tarea inconclusa de la quiebra de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE).

Skeel es de ideología conservadora, -llegó a la junta como nombramiento del líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell-, y ha explicado que su acercamiento al tema de la quiebra está motivado y marcado por su fe religiosa, la que describe como evangélica, pero no fundamentalista.

Su libro, “Promise Land: The Inside Story of the Puerto Rico Debt Crisis”, está construido con los diarios que mantuvo de 2016 a 2024 cuando fue, primero, miembro de la Junta y luego, su presidente. Su exposición es cronológica y sus observaciones, algunas recogidas más adelante, a veces son cándidas y otras, más puntiagudas. Mezclan cotilleo (la exdirectora ejecutiva Natalie Jaresko tuvo que contratar a un ‘life coach’ por la desesperación que le causó el exmiembro, Justin Peterson) con fascinación académica por las circunstancias en las que se encontró y las decisiones históricas en las que participó.

No traen, sin embargo, autocrítica sustanciosa sobre las fallas y problemas que se le han señalado a la operación de la JCF. Aparte de menciones constantes sobre el repudio que sentían por las implicaciones coloniales de la existencia de la Junta, no hay introspección sobre la falta de transparencia y de rendimiento de cuentas con las que el ente opera, el gasto de fondos públicos que conllevan y la burocracia paralela que han creado. Tampoco sobre cómo en 10 años no tienen a su haber un solo resultado significativo sobre la responsabilidad de desarrollo económico que la ley le imparte.

El relato no está exento de alusiones a algunos de sus mecanismos ineficientes. Confiesa que se meten a decidir reasignaciones de fondos tan bajas como de $100 y $200 y que su esquema para evitar conflictos éticos deja mucho que desear. Si la “pared de separación fue suficiente alguna vez, -no lo era, a mi entender-, claramente no fue suficiente ahora”, comentó cuando se enteró que los funcionarios a cargo de ética en la Junta habían dejado que Peterson siguiera participando en negociaciones sin levantar bandera, a pesar de que negociaban con un fondo, Blackrock, que era cliente de su agencia de relaciones públicas y cabildeo.

Skeel apunta que su mayor contribución fue evitar que el dinero del Fondo General se usara para pagar a los bonistas de la AEE, por lo que se lamenta de que la gobernadora Jenniffer González Colón siga ofreciendo eso que, en su visión, solo sirve para castigar dos veces a los puertorriqueños. Esto es “evidencia de que los políticos puertorriqueños aún no han aprendido las lecciones de los fracasos del pasado”.

El lector va a quedarse con la impresión de que el escrito es producto de una persona encantada con la Ley PROMESA como pieza de legislación y convencida de la efectividad del mecanismo de las juntas de control fiscal para atender las crisis financieras que amenazan actualmente a varios estados y cuidades de Estados Unidos, y al propio gobierno federal.

La quiebra de Puerto Rico todavía está desarrollándose y su evaluación histórica más justa será materia de múltiples escritos, dentro de muchos años, pero la versión de Skeel permanecerá como el primer intento de presentar esa historia, y uno bastante interesante.

Algunos apuntes que surgen del libro son:

-La primera oferta hecha a los bonistas, antes de PROMESA y de la Junta, los exponía a perder hasta 40% de su recobro. Con la reestructuración final, perdieron 80% del recobro.

-Skeel sintió que toda su carrera académica en el tema de quiebras lo había preparado para insertarse en la deuda de la isla, pero admite que no había participado en un solo caso de quiebra en la vida real. De la misma manera, la jueza Laura Taylor Swain había manejado quiebras antes de atender la de Puerto Rico, pero ni una sola quiebra tan grande y complicada.

-Los republicanos querían una junta, pero no una quiebra, mientras que los demócratas querían quiebra sin una junta. Por eso PROMESA es una combinación de esas dos cosas y por eso, no menciona ni una sola vez la palabra “quiebra”.

-Entre cabildeo, presión pública y consideraciones de mercado, PROMESA está casi totalmente moldeada por los intereses de los acreedores, bonistas y el Departamento del Tesoro federal. La intervención de Puerto Rico, y sus representantes, fue poca.

-El Tesoro, a través de su entonces secretario Jack Lew y de su asesor Antonio Weiss, tuvo intervenciones puntuales para detener la carrera de los bonistas por hacer un trato con el gobierno de la isla antes de que se aprobara PROMESA. Incluso, trabajaron directamente con el comediante John Oliver para un episodio de su programa en HBO que trató la crisis y en el que Lin Manuel Miranda rapeó a favor de la ley.

-Hubo dos oposiciones de última hora a la legislación, de parte de políticos puertorriqueños. El exgobernador Rafael Hernández Colón llegó a llorar en una reunión en el Tesoro porque decía que PROMESA destruía todo lo que había construido en su carrera como estadolibrista, mientras que el entonces candidato a la gobernación Ricardo Rosselló Nevares trataba de lograr un negocio para bonistas de Obligaciones Generales (gobierno central) que eran sus donantes. En una reunión, Rosselló Nevares se le puso bravo a Weiss porque este hablaba de cómo estaba “comprado” por los bonistas. “¿Lo estás?”, le preguntó Weiss, a lo que el político guardó silencio. Su insistencia por negociar con los bonistas continuó hasta justo antes de que se radicara la quiebra del gobierno, llegando a discutir que el repago de toda la deuda comenzara en cinco años, después de que él tuviera oportunidad de ganar la reelección.

-McConnell parece ser de los más claros que tenía el asunto desde el principio. “Puerto Rico nunca va a estar feliz con la Junta… la van a ver como malvada”, dijo. A la vez, instruyó a sus designados (Skeel y Andrew Biggs) que esto era una “oportunidad para implementar principios republicanos”.

-La falta de puertorriqueños en la Junta no es meramente producto del control federal del proceso. “Muchos puertorriqueños tenían la pericia para ser miembros de la junta, el problema es que todos tenían conflictos de interés… porque de alguna manera están relacionados con el gobierno”, dice Skeel al añadir que “los puertorriqueños más talentosos no pueden arreglar el gobierno puertorriqueño, ni siquiera criticarlo públicamente, porque están sometidos al mismo”.

-El primer presidente de la JCF, José Carrión III, intentó que la primera reunión del ente en la isla fuera en el tribunal federal, pero los jueces de ese foro se negaron a prestarle espacio porque entienden que tienen una “buena relación” con el público y no quieren dañarla asociándose con el ente.

-John Paulson, quien tiene inversiones extensas en la isla, quería funcionar como una especie de “consultor de reestructuración”, pero quedó en nada porque el alter ego que sugirió era una persona muy vinculada con fondos de cobertura (“hedge funds” o ‘fondos buitre’). Luego, la Junta, sus asesores y Swain se albergaban en uno de los hoteles de Paulson, el Condado Vanderbilt.

-La primera vez que la Junta se reunió con el liderato legislativo para discutir el primer presupuesto para el ente fiscal, los presidentes Thomas Rivera Schatz y Carlos Méndez Núñez no plantaron bandera con temas como las pensiones, la Universidad de Puerto Rico, los despidos de empleados públicos o los servicios esenciales. “Parecía preocuparles una sola cosa: su propio presupuesto”, que el ente le había cortado por $17 millones. Rosselló Nevares abogó porque le restituyeran ese dinero a la legislatura y se lo restaran al Poder Judicial, pero el recorte se quedó. Esto provocó que Rivera Schatz ripostara haciendo insinuaciones públicas sobre la miembro Ana Matosantos.

-Los miembros de la Junta bromeaban que los trajes y los zapatos de Elías Sánchez Sifonte, representante de Rosselló Nevares en el ente, se ponían mejores y más caros cada vez que lo veían. Cuando le dijeron al gobernador que su representante tenía que hacer las mismas divulgaciones financieras y éticas que los demás miembros, Sánchez Sifonte renunció.

-Skeel presenta cómo el huracán María, los terremotos de 2020 y la pandemia, todos, afectaron el curso de las negociaciones sobre la deuda. En cada uno, el ente estaba un poco relegado porque tenía poco que hacer, mientras que el gobierno ganaba poder para oponerse al ente porque las ayudas federales llenaban sus arcas. Especialmente, con el golpe que tuvieron cuando Swain negó su petición para imponer a un administrador en la AEE después de María. Tras el huracán, la Junta intentó montar a los acreedores principales en una guagua para que vieran las condiciones de alrededor de la isla, pero estos se zapatearon aludiendo a problemas de logística.

-Después de muchas frustraciones con las distintas clases de bonitas tratando de conseguir aliados para el plan de ajuste, fue Matosanto la que puso sobre la mesa el intentar buscar apoyo en las uniones del gobierno, que también eran acreedores. La movida fue la que terminó abriendo el paso hacia la aprobación del plan.

-No tenían que ir a la legislatura para que aprobaran el plan de reestructuración, pero decidieron hacerlo para evitar posibles retos legales luego. Eso los llevó a negociar, por primera vez, con el legislativo que dirigían Rafael Hernández Montañez en la Cámara, y José Luis Dalmau, en el Senado, aunque sabían que en el Senado realmente su contraparte era Rivera Schatz. “De aspecto agradable y anodino, y con un bigote pequeño, Dalmau tendía a empequeñecerse ante líderes carismáticos (como Hernández Montañez y Rivera Schatz)”, recordó sobre uno.

-Las notas discordantes en la armonía entre los miembros de la Junta eran el trumpista Peterson y el puertorriqueño, Antonio Medina Comas, quienes abogaban por acercarse más y más a lo que pedían los bonistas. “Antonio, locuaz, articulado y muy inteligente, esperaba usar su tiempo en la Junta como trampolín para llegar a la gobernación, una ambición que mencionaba con frecuencia. Impresionado por la habilidad de Justin Peterson con los medios, Antonio, en tono de broma, pero en serio, lo estaba reclutando para que se encargara de las comunicaciones de su candidatura”.

Vea:

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