Los resultados muestran que los parientes biológicos cercanos eran sorprendentemente raros entre las personas enterradas en la misma tumba.
En la imagen, las ruinas de la iglesia de Västerhus, en Jämtland. Foto: Dirección Nacional de Patrimonio Cultural de Suecia.
Redacción Ciencia (EFE).- Investigadores suecos han comprobado que niños y adultos compartían tumbas en el medievo aunque no estuvieran emparentados biológicamente, lo que aporta una nueva perspectiva sobre las prácticas de enterramiento múltiple de los primeros cristianos y cuestiona las suposiciones previas de que los niños solían ser enterrados con familiares cercanos.
Investigadores de la Universidad de Estocolmo analizaron el ADN de 142 individuos que datan de finales de la era Vikinga y la Edad Media, incluyendo a más de 60 niños y adolescentes enterrados en múltiples tumbas en yacimientos de Sigtuna, cerca de Estocolmo, Västerhus en Jämtland y Fjälkinge en Skane; hoy publican los resultados de su trabajo en la revista Science Advances.
Los resultados muestran que los parientes biológicos cercanos eran sorprendentemente raros entre las personas enterradas en la misma tumba, incluso en cementerios donde se podían detectar altos niveles de parentesco, y que los entierros se organizaban según el sexo y la pertenencia a una comunidad social o religiosa, priorizando esos lazos sobre la consanguinidad.
Estos enterramientos parecen haber estado condicionados por hogares, por grupos de parentesco extensos o comunidades locales, que operaban dentro de marcos normativos cristianos que pudieron haber limitado o anulado las consideraciones puramente familiares, han descrito los investigadores en la revista.
El estudio también identificó a una familia singular en el cementerio medieval de Vasterhus, donde una mujer, conocida por los investigadores como la ‘Dama 56’, pudo ser vinculada mediante ADN con varios parientes enterrados en el cementerio, incluidos sus padres, su hermano y dos hijas, pero su historia se extiende mucho más allá del propio enterramiento.
Junto a ella fue enterrada una concha de vieira, un objeto poco común en una tumba medieval escandinava pero un símbolo muy conocido de la peregrinación a Santiago de Compostela, en el noroeste de España.
El hallazgo sugiere que la mujer completó una de las peregrinaciones más famosas de la Europa medieval, recorriendo miles de kilómetros a través del continente hasta los confines de la Europa cristiana antes de regresar a casa; la mujer falleció antes de cumplir los 30 años, y sus padres, su hermano y sus hijas también fueron enterrados en diferentes secciones del mismo cementerio.
El estudio, han destacado los investigadores, demuestra cómo la arqueogenética puede ampliar la comprensión de la sociedad medieval, revelando no solo las relaciones biológicas, sino también los mundos sociales en los que las personas vivían, organizaban sus comunidades, practicaban su culto y, en última instancia, eran enterradas.
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