De la frivolidad política
El exlegislador comenta sobre lo que caracteriza a muchos políticos de la actualidad.
Nos sepulta la frivolidad política. La cultura cívica subdesarrollada que nos aqueja, fruto de una condición colonial indigna y de la perpetua recolonización del país, asocia el éxito político con la sumisión, la humillación y la patente levedad. Los días pasan para el personaje político ordinario sin darse cuenta de todo lo que tiene que dedicarse a hacer, pues a falta de una conciencia sobre el Bien Común y de los deberes que entraña, vaga de la nada hacia la nada, buscando su beneficio propio o alguno indirecto de otros para que lo beneficien.
Semejante corrupción arroja al sepultado en la frivolidad política, al culto al 'selfi' y a una norcoreana adicción a la adulación, al “espejito, espejito”, al narcisismo radical y a una visión de mundo estrecha, inculta y chata.
Sobre el gobierno y administrar, este personaje frívolo ---puede ser de cualquier género--- sabe lo mismo que decir igual a nada. La previsión no existe en su vocabulario, pues el presentismo es el hacer supremo. Administrar de hoy para hoy, reciclar viejas ideas sin aportarles tracción, hacer lo menos posible, con el aguaje mayor al alcance, dependiendo siempre del gasto publicitario abultado y aún mayor en la próxima campaña política, esa es la agenda del político y gobernante frívolo.
Para este personaje, siempre es conveniente una causa, cuanto más imposible, mejor, para no tener que rendir cuentas. Se llenará el expediente de gestiones inútiles, inculpará a otros en la infinita orfandad de la culpa entre los suyos y se ondearán banderas y cantarán estribillos hasta la próxima exhibición obscena de la mentira disfrazada de verdad.
Así pasa la vacía vida del político vacío, mientras más encumbrado más pedestre, regodeándose en sus dotes del rey o de la reina que se pasea desnudo, perfeccionando su oratoria de pacotilla y de teleprónter por alguien a quien le paga, y sobre todo, repartiendo puestos, contratos en ínsulas de Barataria.
Esta figura patética del político frívolo abunda en todas las latitudes y longitudes. Es el producto de un modelo mercatorio donde se vende la imagen, se fabrican verdades torcidas alternas, se propagandiza hasta la náusea y se manosea de tal forma un asunto, hasta que se deshilacha o llega a hastiar. Se llenan itinerarios de discusiones sobre temas que no son importantes para descuidar y esconder los que sí lo son. Cada madeja es más complicada que la anterior, pues no importa mientras cubra o encubra.
Con la boca repleta con palabras como Justicia, Democracia, Equidad e Igualdad el político frívolo las escupe a su antojo para propagar su engaño. Cuando les da coraje disimulan, pero no son distintos a la “mujer del bate”. La violencia y la intimidación se convierten en sus recursos importantes y atesan a quien sea, o eso creen, como hace Trump con universidades, las corporaciones enormes, los súper ricos, bufetes, lacayos congresionales, estatales y territoriales quienes suelen postrárseles. En Puerto Rico, hasta le quieren hacer una estatua al Trump ese “que se la merece”.
Pareciera la ironía mayor, que los más arrastrados le quieran erigir monumentos a canallas como Trump. La falta de cultura política por sí sola, no podría explicar esta aberración. Hace falta añadirle al coctel la ambición, la prepotencia y quizás profundas cicatrices en la psique del lacayo que admira y adula, que pretendiendo en secreto burlarse del prójimo, se burla de sí mismo aferrándose a la mentira, a lo falsario y a lo ficticio. Con ello, no se dará cuenta que el barranco hacia donde transita es un precipicio en ciernes, un risco el cual abrazará, llevándose consigo el bienestar de muchos, víctimas de su estulticia.
La historia y la literatura están llenas de personajes como el político frívolo. Estos desaparecen sumidos en su profunda soberbia. Mal aconsejados o voluntariamente extraviados van dando vueltas en su propio desvarío.
Ni las ciencias naturales, ni las sociales, pueden librarnos de esta especie cuyos ejemplares terminan siendo dictadores o dictadorcillos, sólo superados por ayudantes imitadores. Alguna vez, el camión judicial que recoge la escoria podría pasar para llevárselos. Siempre es cosa de tiempo y de paciencia para las multitudes que sufren a consecuencia de sus actos.
En Puerto Rico, tuvimos un pichón de político frívolo que tuvo que huir de su cargo de gobernador. Nadie puede asegurar que ese evento raro, a decir verdad, extraño, no pueda repetirse. Quizás la frustración, el cansancio o la vergüenza del político frívolo, pesen tanto que provoquen que el verano del 2019 se repita. Salvo que suceda antes de que vientos tormentosos desde el norte de tijeras o espada de la “justicia”, generen eventos inmanejables.
A veces la peor tortura de un gobernante es haber salido electo y verse rodeado sin remedio de ineptos, incompetentes o personas cuestionadas. Ahí, particularmente, para capear el temporal es que ser político profundo ayuda. Ser lo opuesto, condena y hunde.