«Para bajar la incidencia criminal, tenemos que cambiar la forma en que manejamos el orden público».
Heriberto N. Saurí, (Archivo/NotiCel)
La reciente ola de violencia que azota al municipio de Coamo no es solo una estadística más en los informes policiales, es una fractura en el corazón de nuestra seguridad civil.
Cuando la criminalidad escala al punto de amenazar la vida de un alcalde y segar las vidas de servidores públicos —policías, paramédicos y rescatistas que ofrendaron todo por el ciudadano—, hemos cruzado una línea de la que no hay retorno fácil. Pero lo más alarmante no es solo el acto delictivo, sino el «envalentonamiento» de un sector criminal que ya no teme a la autoridad ni respeta la vida.
Seamos claros: el análisis excesivo nos está matando. Mientras los analistas de escritorio se pierden en buscar mil razones para explicar por qué una solución «no se puede implementar», nuestra gente sigue cayendo. Los analistas piden soluciones, pero rara vez nos dicen el “cómo”, el “con qué” y el “de qué manera”. Ya no necesitamos más diagnósticos, necesitamos una operatividad científica y unida.
La criminalidad tiene una raíz profunda que vemos a diario: detrás de cada niño maltratado y de cada envejeciente abandonado, suele esconderse un rastro de delincuencia. Para bajar la incidencia criminal, tenemos que cambiar la forma en que manejamos el orden público. No basta con patrullas circulando; necesitamos un enfoque macro que integre a todas las agencias que tocan el problema de cerca.
Cuerpos de emergencia como los Bomberos y Manejo de Emergencias Médicas son sensores infrautilizados. Ellos ven la sobredosis, el fuego intencional y la agresión antes de que se convierta en un expediente judicial. Si logramos que estas agencias compartan información de manera científica con la Policía, pasaríamos de ser reactivos a ser preventivos.
La seguridad de Puerto Rico no puede depender de quienes solo observan y comentan. Debe depender de una ciudadanía envuelta, que identifique el maltrato y la delincuencia en su raíz, y de un Estado que deje atrás la burocracia para proteger a quienes nos protegen. El sacrificio de nuestros servidores públicos no puede ser en vano.
Es hora de dejar de teorizar y empezar a ejecutar. El orden público no se recupera con palabras sino con una estructura técnica, valiente y, sobre todo, decidida a no ceder ni un centímetro más ante el crimen.
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